jueves, 3 de diciembre de 2015

Se nos fue de las manos, o nos reinventamos.

“Todos piensan en cambiar el mundo, pero nadie piensa en cambiarse a sí mismo”. Alexei Tolstoi.

Todos los días aprendemos, así que las oportunidades no se pierden en la vida. El pasado puede doler pero no debe ser una carga para nuestro presente aunque tengamos que vivir experiencias difíciles.
No sirve de nada volver a ver el pasado si se mira con temor, se debe ver como lección aprendida y perdonar sinceramente los errores cometidos...
Deja a un lado tu pasado, tus miedos y todo lo que te tiene aferrado a una ilusión. Ésta es tu vida y, si realmente te das cuenta cada uno debe vivirla lo mejor que sabe hacerlo.
Darnos una segunda oportunidad ya sea en el amor, en el trabajo, superar la muerte de un ser querido, resiliencia, reinventarse, volver a empezar, pueden usar el nombre que quieran darle, lo importante es tener claro que queremos empezar de nuevo.
Muchas veces has pensado que debes hacer algo para reinventarte, porque has tenido cambios importantes en tu vida, que has llegado a pensar que te desmoronas, sintiéndote sin energías, desvalido, triste, sentías que todo llegaba de repente y no lograbas ver la lección que debías aprender con este proceso que estabas viviendo.
Cuando estamos llenos de incertidumbre no sabemos cómo salir de esa situación.
Date una nueva oportunidad, reinvéntate, agudiza el ingenio para que salga la parte de ti que quizás tú mismo no conozcas, en esos momentos cuando una persona tiene que echar mano de su capacidad para sobreponerse a las adversidades.
Aquí les dejo un cuento que cuando lo leí me sirvió de mucha ayuda. Espero que a uds. también les ayude a reflexionar.
Cuento rescatado del libro del Dr. Mario Alonso Puig titulado Reinventarse..
Un soberano de un gran reino se encontraba ya en una avanzada edad y quería asegurarse de que, antes de abandonar el mundo, le transmitía a su hijo una importante lección. A lo largo de las épocas más difíciles de su reinado, aquello había sido clave para mantenerse firme y conseguir que finalmente reinara en su país la paz y la armonía. Por alguna razón, el joven príncipe no acababa de entender lo que su padre le decía.
Si, padre, comprendo que para ti es muy importante el equilibrio, pero creo que es más importante la astucia y el poder.
Un día cuando el rey cabalgaba con su corcel, tuvo una gran idea.
Tal vez mi hijo no necesita que yo se lo repita más veces, sino verlo representado de alguna manera.
Llevado por un lógico entusiasmo, convocó a las personas más importantes de su corte en el salón principal del palacio.
Quiero que se convoque un concurso de pintura, el más grande e importante que se haya nunca creado. Los pregoneros han de hacer saber en todos los lugares del mundo que se dará una extraordinaria recompensa al ganador del concurso.
Majestad, preguntó uno de los nobles, ¿cuál es el tema del concurso?
El tema es la serenidad, el equilibrio. Solo una orden os doy. Bajo ningún concepto rechacéis ninguna obra, por extraña que os parezca o por disgusto que os cause.
Aquellos nobles se alejaron sin entender muy bien la sorprendente instrucción que el rey les había dado.
De todos los lugares del mundo conocido acudieron maravillosos cuadros. Algunos de ellos mostraban mares en calma, otros cielos despejados en los que una bandada de pájaros planeaba creando una sensación de calma, paz y serenidad.
Los nobles estaban entusiasmados ante cuadros tan bellos.
Sin duda su majestad el rey va a tener muy difícil elegir el cuadro ganador entre obras tan magníficas.
De repente, ante el asombro de todos, apareció un cuadro extrañísimo. Pintado con tonos oscuros y con escasa luminosidad, reflejaba un mar revuelto en plena tempestad en el que enormes olas golpeaban con violencia las rocas oscuras de un acantilado. El cielo aparecía cubierto de enormes y oscuros nubarrones.
Los nobles se miraron unos a otros sin salir de su incredulidad y pronto irrumpieron en burlas y carcajadas.
Solo un demente podría haber acudido a un concurso sobre la serenidad con un cuadro como éste.
Estaban a punto de arrojarlo fuera de la sala cuando uno de los nobles se interpuso diciendo:
Tenemos una orden del rey que no podemos desobedecer. Nos dijo que no se podía rechazar ningún cuadro por extraño que fuese. Aunque no hayamos entendido esta orden, procede de nuestro soberano y no podemos ignorarla.
Está bien, dijo otro de los nobles, pero poned ese cuadro en aquel rincón, donde apenas se vea.
Llegó el día en el que su majestad el rey tenía que decidir cuál era el cuadro ganador. Al llegar al salón de la exposición su cara reflejaba un enorme júbilo y, sin embargo, a medida que iba viendo las distintas obras su rostro transmitía una creciente decepción.
Majestad, ¿es que no os satisface ninguna de estas obras? Preguntó uno de los nobles.
Si, si son muy hermosas, de eso no cabe duda, pero hay algo que a todas ellas les falta.
El rey había llegado al final de la exposición sin encontrar lo que tanto buscaba cuando, de repente, se fijó en un cuadro que asomaba en un rincón.
¿Qué es lo que hay allí que apenas se ve?
Es otro cuadro majestad
¿Y por qué lo habéis colocado en un lugar tan apartado?
Majestad, es un cuadro pintado por un demente, nosotros lo habríamos rechazado, pero siguiendo vuestras órdenes de aceptar todos los que llegaran, hemos decidido colocarlo en un rincón para que no empañe la belleza del conjunto.
El rey, que tenía una curiosidad natural, se acercó a ver aquel extraño cuadro, que, en efecto, resultaba difícil de entender. Entonces hizo algo que ninguno de los miembros de la corte había hecho y que era acercarse más y fijarse bien. Fue entonces cuando, súbitamente, todo su rostro se iluminó y, alzando la voz, declaró:
Éste, éste es, sin duda, el cuadro ganador.
Los nobles se miraron unos a otros pensando que el rey había perdido la cabeza. Uno de ellos tímidamente le preguntó:
Majestad, nunca hemos discutido vuestros dictámenes, pero ¿qué veis en ese cuadro para que lo declaréis ganador?
No lo habéis visto bien, acercaos.
Cuando los nobles se acercaron, el rey les mostró algo entre las rocas. Era un pequeño nido donde había un pajarito recién nacido. La madre le daba de comer, completamente ajena a la tormenta que estaba teniendo lugar.
El rey les explicó qué era lo que tanto le ansiaba trasmitir a su hijo el príncipe.
La serenidad no surge de vivir en las circunstancias ideales como reflejan los otros cuadros con sus mares en calma y sus cielos despejados. La serenidad es la capacidad de mantener centrada tu atención en medio de la dificultad, en aquello que para ti es una prioridad.

Fuente: Reinventarse

Dr. Mario Alonso Puig.


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